16 de junio de 2010

Reconstruir la red social y laboral*



*Texto escrito a partir de mi experiencia como voluntaria en Constitución a dos semanas del terremoto del 27 de febrero en Chile.

Constitución es hoy una ciudad estancada en el tiempo. No parece que el maremoto haya pasado hace cuatro semanas, pues su rutina parece ser la de un eterno domingo. A diferencia de otras localidades asoladas por el terremoto en menor intensidad, aquí jamás ha sido lunes. El comercio no ha vuelto a funcionar y las personas no han vuelto a trabajar. El silencio de la gente es la característica reinante del lugar. Los adultos no cruzan más que un breve saludo y los niños no salen a jugar a las calles. Silencio al caminar, silencio al comer y muchos silencios al hablar.


Unos días en Constitución bastan para darse cuenta del caos y desorganización en que está funcionando la municipalidad, por un lado, y la entrega de alimentos, por el otro. La entrega de las canastas familiares se hace directamente a las Juntas de Vecinos, quienes las reparten a su vez entre las familias inscritas, pero existen muchos sectores que no están organizados de forma comunitaria, y hay otras tantas directivas que se disolvieron ante la catástrofe.


En la zona de la ribera del río, casi nadie vive ya sus casas, pues están inhabitables o están en proceso de demolición. En cambio, los sectores del cerro que tuvieron escasos daños estructurales en sus viviendas, están recibiendo en sus hogares a una o dos familias completas para darle un techo donde dormir y comer. El problema es que estas casas se toman en cuenta como una sola familia, y la canasta que se les entrega no alcanza para la semana.


Éste es uno de los muchos ejemplos de desinformación que existe en la ciudad. Sólo los presidentes de las Juntas de Vecinos conocen la realidad de su sector y guardan información al día. Lo mismo pasa con los sindicatos de pescadores y del comercio, sólo ellos conocen su propia realidad y pueden dar cuenta de ello, de una forma más verídica y actual que los datos que al respecto pueda tener la municipalidad o la mismísima Cámara del Comercio.


Por esta razón, es que se hace imprescindible en momentos como éste, trabajar de forma directa con las organizaciones comunitarias, ya que son sus directivas quienes pueden entregar información eficiente tanto para las autoridades que dirigen la reconstrucción, como para sus participantes. A Constitución, como un ejemplo de muchas otras localidades que se encuentran en un estado similar, hay que ayudarla a reconstruir no sólo la parte material, sino también todo el tejido social y laboral que se perdió con el maremoto.


Por ejemplo, al otorgarles unos botes a los pescadores, se da trabajo a cinco familias por embarcación. Además, se le da trabajo al que descarga los pescados, al que los limpia y al vendedor que sale con su canasto a recorrer la ciudad. De esta forma, no sólo se estabiliza económicamente a las familias que hay detrás de todas estas personas, sino que a muchas otras más que coexisten en una red laboral, ya que estas familias pueden comenzar a adquirir productos y servicios de otros oficios o comerciantes.


Lo mismo sucede con los dueños de Pequeñas y Medianas Empresas (Pymes) establecidas en el sector, quienes le daban trabajo a una cadena de hasta 70 personas. Pero hoy, aquel empresario que perdió 10 maquinarias pesadas para trabajar y transportar áridos, está parado de brazos cruzados con la producción destruida. Y junto con él, se congela una cadena laboral y social muy importante dentro de Constitución, que tiene al rededor de 40 mil habitantes.


No sólo basta con darle a la gente bonos, porque el gobierno no tiene cómo asegurar que ese dinero sea bien invertido. Seguramente las personas lo destinarán para pagar unas cuotas atrasadas o comprarán colchones para dormir en la casa del vecino. En la etapa de reconstrucción del país hay que hacer un trabajo minucioso: volver a tejer esa red social que se perdió.


Una alternativa para lograr esto es, por ejemplo, la capacitación comunitaria. Hay que partir por generar un contacto permanente con las organizaciones, y que esto mismo sea una motivación para que las personas se organicen. No se trata de lanzar campañas de capacitación al aire, sino focalizar la ayuda con la colaboración de una Junta de Vecinos para que de este modo la presidenta dé a conocer los casos más urgentes que requieran de este beneficio. Teniendo esta información, se puede entonces capacitar a esas personas que perdieron su trabajo en un oficio nuevo o en algo que complemente su labor, que pueda ser retributivo para su comunidad.


Por ejemplo, a algunas dueñas de casa se les puede dictar un curso donde aprendan el oficio de sastrería, y que a su término pueda constituir un taller de costura donde hagan uniformes de colegio, buzos y otras prendas. El curso puede incluir las máquinas como donación o se les puede entregar la posibilidad de negociar su compra a un bajo precio, y con un taller de costura instalado en el barrio, ya pueden comenzar a dar sustento a sus familias.


Lo mismo se puede aplicar a los pescadores o comerciantes. Se los puede capacitar en construcción de botes, gestión de proyectos o gestión comercial. Y así, no sólo se les estará dando una fuente laboral, sino también se les traspasará las herramientas y conocimientos necesarios para que, poco a poco, puedan salir adelante ellos y muchas otras familias más que se cruzan en este dañado tejido laboral.

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